Los aeropuertos
se llenan de alfombras inmaculadas,
lámparas de neón,
salidas y arribos.
Las distancias rebosan de agujeros.
Los hombres se apropiaron del paisaje.
Demuestran su poder
doblegando la naturaleza
y logran que todo
se vuelva colosalmente lejano.
Un motor encendido
murmura siempre,
y las ventanas están cerradas.
El clima es algo interior.
Por fuera trasegan los dioses hostiles.
Dicen que toda la comida
sabe a lo mismo.
Lo cierto es que en todos lados
hay un apetito
que no termina de saciarse.
En las autopistas,
los ríos de automóviles
asedian los andenes solitarios.
Los neumáticos interpretan sobre el asfalto
una llovizna cansada.
Algunos compatriotas
aquí se asentaron en barrios atestados,
como en los vecindarios
que dejaron en casa;
todo a punto de caer y derrumbarse.
La tempestad avanza desde el sur
trayendo nubes oscuras
hacia la playa.
Como si echaran un cobertor
sobre una cama recién tendida.
Mole poblano.
Nunca antes el cacao con pollo y sal.
El plato se carga
con un colorido apagado
y el mantel se extiende sobre las lenguas.
Mi sobrina se siente más cómoda
planteando los problemas de álgebra
en inglés.
A veces se frena
porque el español se enmascara.
Estas avecillas
viven de luto permanente, y son ladronas.
¿Dónde dejaron
los trajes de colores
y su cantar sabroso no aprendido?
Aquí, mi hermana
luce la camiseta
de una compañía aeroespacial.
También le ha crecido
un musgo de destierro en la mirada.
Alf quiere entrar y salir.
No quiere quedarse solo,
ni mirar como perro.
Los huevos rosados
todavía no le turban la cabeza.
El sol del atardecer
se recuesta en el reflejo de la ventana.
No calienta.
El día moribundo
se oculta entreverado tras las cortinas.
Otra vez una flor amarilla
rebana el azul del cielo.
Paraje perfecto y desolado.
Casas que parecen vacías,
hermosas, impecables.
Beber y fumar
hasta que el cuerpo no aguante.
El propósito de Sherman
para los próximos tres días.
Disiparse en el humo, fugarse.
Marcan una frontera
entre el ámbito de los hombres
y las zonas de conservación natural.
Sueñan que allí
las especies viven en paz.
A lo lejos se divisa
un atascamiento de tránsito.
Una leve agitación se insinúa
y percibo el callo
de los embotellamientos en la Regional Sur.
Platos caseros
a dos mil kilómetros.
Los sabores y las texturas han variado.
La claridad del festejo
desciende sobre la mantelería extranjera.
Las gentes se cansan con la diversión,
de exprimir el boleto.
Los altavoces guían
al rebaño sumiso
entre paredes falsas y falsos techos.
La superficie del lago
devora los árboles de la orilla.
La tierra y el cielo
naufragan en el silencio
y la quietud del agua.
Las mercaderías se reproducen
y albergan en espaciosos invernaderos.
Lo idéntico gira sobre sí mismo
y los escaparates
se llenan de ojos fatigados.
Un remoto viento marino
atraviesa las velas plegadas
de la maqueta.
Maderillas que nunca navegarán
se varan sobre el trópico de Cáncer.
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