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Soterrada flor

 

 

El lento girar
de tus arenas movedizas
te arranca una lágrima lunar
y estruja con una puntualidad cegadora
tus carnes rosadas.

Me entregas la crema de trigo y miel
y me pides
que amase en tu espalda
un pan de harinas ancestrales
y lacias nervaduras.

Entre tus cabellos
respiro un aroma de frondas primitivas.
Las flores de tus genes
producen un perfume
de singularidades silvestres.

En el transcurso
del vientre redondo de la vasija
al hemisferio ávido
del estómago,
el chianti dibuja una sonrisa en tus labios.

Tus ojos encuentran
los míos en un silencio de anturios.
La mano sobre el costillar,
mantequilla
sobre la tostada caliente.

Tus muslos,
arqueados por el deseo
forman una tenaza de cangrejo:
fortín
de una soterrada flor.

Nos abrazamos en posición fetal.
Dos piezas
de un cálido rompecabezas,
encajamos
en el ámbito literal del deseo.

Como un voyerista
atisbo tus dedos cuando escriben una nota,
contemplo el vaciado
de la tinta oscura,
que sigue las molduras de lo más íntimo.

Mi boca muerde tu boca.
Entre las costuras de la ingle
un aroma esencial,
que promete fuego,
gotea desde la cicatriz del ombligo.

No fue la voz de Miguel Ríos,
desde el diminuto parlante
lo que me emocionó.
Fue el recuerdo
de cómo te mueves con sus canciones.

Cesaron las palabras.
Al frente quedaron los caminos de la piel,
senderos en el sembrío
de riesgos calculados,
papeles para escribir las caricias.

Sobre las servilletas
trazamos los signos del zodíaco
con migajas de pan moreno.
Tu signo, el fuego impredecible,
el mío, el agua superficial.

Todos los días llueve en todas partes;
pero hoy, aquí,
después de mirarte a los ojos
tengo la certidumbre
de haber visto la lluvia diferente.

Colocamos un mantel
de flores amarillas sobre la mesa
y un plato de lentejas.
Esta conspiración para coser el día
ya se volvió amor.

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