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Los buitres picotean
y destrozan las bolsas de basura.
Un basurero los mira con recelo.
Debe ser lo que llaman
competencia perfecta.
Entre la maraña
de áridas y certeras palabras,
en la escritura pública
una línea fresca:
zona verde común - bosque natural.
3:00 a.m., a través del velo de la ventana,
una esfera brillante.
¿Es la luna?
No, el alumbrado público.
Responde tu voz adormilada.
El declive de las lomas
se siente en los muslos,
las pantorrillas
y la fina imitación de congelados
que se multiplican por los oteros.
Si la tos no tiene lengua,
¿por qué me doy cuenta que sobrevives
cuando su mensajero
llega a mis oídos
desde la habitación al extremo del sueño?
Los muchachos
se reúnen en un pequeño claro
junto a la cerca del condominio
a disfrutar la charla,
próximos a la puerta de salida.
El silencio de noventa y seis familias
que descansan
junto al bosque mudo.
Sólo lo interrumpe
el brusco y ronco descargue de los inodoros.
Podía oír el estruendo
de los disparos que rasgaban el silenciode la noche,
pero no había forma de saber
dónde ocurría la contienda de primates.
No llega a los diez años
y ya despacha como ejecutiva
de una gran imprenta.
Es su juego de muñecas,
la mirada y la sonrisa la delatan.
Las ardillas han tomado
posesión del palo de aguacate.
No puedo verlas
pero las ramas
se estremecen y bambolean.
El plátano maduro
después se convierte en trino y vuelo.
Con qué avidez
y nervioso afán
el bichofué picotea la fruta.
La niña en la ventana me grita:
¡Tómeme una a mí!
Cuando ve que pierdo el tiempo
disparando fotos
al insípido palo de mango.
Hoy está granizando
sobre los prados de Mangazul.
Hace tiempo
que no venían a visitarnos
los pequeños saltamontes de hielo.
La abeja desesperada
zigzaguea contra el cristal.
Si no encuentra el modo de salir,
¿será que esta noche
alguien llora su ausencia?
La torcaza trató de entrar
en el cielo de la vidriera.
Ahora agoniza perpleja.
Cuando te das cuenta,
no puedes contener un gemido apagado.
La tierra quedó inmóvil
congelada en pliegues de tul metálico,
verdes plisados
que la geología
sacude de vez en cuando.
Los autobuses enormes
culebrean por las calles empinadas.
Los motores resoplan
al cargar a los herederos de la hormiga
en ramilletes fragantes.
Tanta dentadura
lustrosamente blanca en sonrisas retocadas.
Pasó la temporada
de las cremas de dientes
y llegaron las contiendas electorales.
Recojo las cáscaras del plátano
que los pájaros han comido.
En esta esfera
de circuitos incesantes,
con el tiempo todo se vuelve comestible.
En los parlantes sonaba
Veinticuatro horas de Eddie Boyd.
El pechiamarillo
se enfrascó en un canto furioso.
¿Acompañante o antagonista?
Alguien movió
en la casa del lado tal vez un catre,
que sonó
como un quejido mudo
después de la lluvia matinal.
El ruido de la palita en la matera,
y después el aleteo
perfumado
de la albahaca.
Nhorita debe estar jardineando.
En el colgadero,
un ave verdiroja
observa al mirlo que se alimenta.
Sin grafía ni lenguaje
tiene claro el concepto de la espera.
Me esfuerzo por mirar
en lo más profundo del firmamento.
Sólo logro delinear
unas culebritas nerviosas
que viven en el fondo de la retina.
En la esfera alta cruzó un aeroplano,
en la media un pájaro,
en la baja un insecto.
Todos escribieron
vuelo libre sobre el tablero azul.
Cuando el azulejo traga el banano,
¿llegará a su lengua
este mismo dejo
entre terroso y dulce
que el fruto siembra en mi boca?
Lo que parecía
una hoja amarilla que caía,
antes de llegar al piso
comenzó a aletear.
¡Se puso un traje de mariposa!
En la oscuridad
el bombillo piloto del televisor brilla.
Cierro los ojos.
El mío
no emite luz visible.
El aletazo del aguilucho,
como el parpadeo de la muerte.
Porque gritaste,
dejó caer el pichón al suelo.
Lo recogí, y agonizó en mis manos.
Estos mundos cerrados
en que nos movemos,
estos cuartos pequeños
donde nos apagamos.
En las afueras del jet-set, sin duda.
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