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Ars poetica

 

 

El verso siguiente no estaba escrito.
Ya se escribió,
saltó hacia el próximo escalón.
La vida transcurre fluida,
casi transparente.

A veces me siento derrotado
porque no escribo el poema
que algún otro llame inmortal;
sin embargo, ahora trazo
estas líneas que nutren la muerte.

Como la cuchara
en la taza de café,
revuelvo el cuenco del cerebro.
Leve agitación de imágenes
antes que la oscuridad se asiente.

Al voltear la página
hay una extensa pradera
que se prolonga años luz.
Me habían dicho que estaba vacía,
la veo blanca.

Paso un día entero
sin poesía,
y advierto que me comienzan a faltar
el aire y la luz.
Asfixia. Apoeluxia. Apoetimia.

Cruzo frente a la iglesia de Santa Gertrudis.
Alguien lee un texto.
Al comienzo parecía un poema
pero era una oración.
¿Cuál es la diferencia?

Llegará el día en que la gente
no escriba con lápiz
sino que solamente teclee.
¿Cambiar el apacible deslizar
por el nerviosismo de dedos que saltan?

Cuando se logra un poema,
se escriben todos los poemas.
Tomar la posta
y correr endiabladamente,
para que la poesía siga en la cresta de la ola.

Miro mi mano
barnizada por el tiempo.
Todavía empuña el lápiz
con esa tensión que le quitó a la O
el fuero de sol en los dibujos.

Una palabra
que se sostenga por mucho tiempo,
que se mire de frente,
termina secándose
y llenando la lengua de aserrín.

Mi ego alborotado
vuelve a soñar con una ovación interminable.
Por la ventana del autobús
alcanzo a distinguir
el tarro de la basura.

Cae la noche sobre los cuadernos
de los que escriben versos.
La oscuridad
se esconde en los garabatos,
espantada por el blanco del papel.

Las palabras se vacían de sentido.
¿Entonces qué queda? ¿El silencio?
O las palabras unánimes,
las que dicen más cuando callan
que cuando suenan.

El poema estaba ahí afuera
temblando de asombro.
Sus alas
me levantaban
y me llevaban al plateau del existir.

Cada que esta fiebre me arrebata
y me levanto de la cama
a escribir un verso
desacomodo las sábanas
y el colchón vibra.

Presiono con firmeza
el lápiz sobre el papel
casi hasta rasgarlo;
tal vez así no se olvide
este lío de frases cortas y dispares.

Si me lees, entonces respiras.
Respiro, por eso puedo escribir.
Suena una guitarra
empujada por el mar.
¿Hasta cuándo el bordoneo?

El verso se perdió para siempre.
Lo busco en las chispas del sonido,
en las luces,
entre el paladeo del ron.
Se perdió irremediablemente. —Adiós.

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