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A las cinco a.m.,
los vagones pasan rumbo al sur
llenos a reventar.
Hacia el norte
arrastran gusanos vacíos repletos de luz.
En el claroscuro,
el armazón de la torre de energía
se confunde,
en la bruma del amanecer,
con el enramado de un árbol seco.
Una coral de chirridos plásticos,
cuando los estudiantes
rasgan con fuerza el velcro
y muestran los carnés
a los guardas que controlan el portal.
El graffiti en la lluvia:
...brigadas anti imperialistas...
¿Será que la esfera
volvió al eje antiguo
y soy de los que no se enteraron?
Han pasado los años
y mi ansiedad por interpelar
no ha disminuido.
¿A dónde fue el mundo
mientras veía anuncios y noticieros?
Cruzó un cliché
de don Quixote.
Bien podría ser yo.
Me gustaría saber
que negocios atiende por estos lados.
El vagón
es una cámara fotográfica monumental.
En otra época
quién iba a imaginar
la interminable sucesión de instantáneas.
Al frente, una línea de conmutantes
a medio dormir,
como palos de boliche,
como el jurado
de un manido episodio de La ley y el orden.
Los sonidos
bordean el aire en un balbuceo feliz.
¿Será que el perifoneo
de las estaciones
ya forma parte del hábitat?
El rostro de una joven,
los labios pintados de carmín,
se acerca demasiado al botón
del mismo tono rojizo:
Oprima sólo en emergencia.
El anuncio pondera
las bondades del cuidado terminal
en exequias La Esperanza;
y hace parecer
que viajamos en raudos cofres metálicos.
Nadie sale ileso
del choque con una lengua extranjera,
dice el texto del libro.
Rememoro el sabor
alejado y arrozudo del sake.
Lina tiene los mismos
ojos de mi prima, María Lucía;
ambas de apellidos sonoros:
Bojanini, Benedetti;
lejanas cunas de ojazos negros.
Cada vez que a lo lejos
leo el aviso de la aseguradora
piense positivo
creo que el altavoz anuncia
próxima estación: siniestro.
La luz del sol
cruza las ventanas
y pinta un cuadro luminoso sobre el piso.
Entramos en la sombra techada
y los dibujos se esfuman sin rastro.
Leíamos un verso
que hablaba de una ardilla,
y una ardilla de pronto apareció
agresiva y rabiosa.
Nada que ver con el poema.
Allí el cartel reza Ahora tú.
No tienen piedad
de los neoparanoides.
Por todos lados corren,
no sea que les haya llegado el turno.
Un extenso pendón
donde se han varado las ballenas
ondea en mitad
de la plazoleta
a quinientos kilómetros de la mar.
Tejas, techumbres, planchas,
lanzas de palmera, azoteas, solarios,
colgaderos de ropa,
balcones, miradores,
celajes, marquesinas. Vuelo sin alas...
Un par de zapatillas marcan un compás.
Volteo a mirarla,
los oídos desnudos
y una partitura
entre las piernas.
Pies de madre, pies de hija,
palmas de semejanza rolliza.
Uno se tuerce
hacia el otro
arrastrados por la deriva génica.
En el preciso instante
en que siento náuseas el tren se detiene.
Junto al nombre de la estación
una flecha indicala ruta de evacuación.
Una vez más cargado de libros
en un transporte público;
tengo la impresión
de que antes era más sencillo:
la carga no cambiaba tanto de manos.
El torniquete
golpeado con fortaleza por turgentes
cuádriceps femorales.
Criaturas vigorosas
cruzan la estación Universidad.
Siempre hay un juego,
algo qué hacer o a dónde ir.
Una trabazón de raíces
se despliega
en una red de voces encubridoras.
Tengo un morral nuevo.
Estas no son épocas
de cargarlo en la espalda.
Lo llevo adelante,
bien cerca del bajo vientre.
Como el acoso de la sexta luna
a una mujer encinta,
la gravidez del morral
le da un novedoso sentido
a la palabra gestación.
Contengo con urgencia
los esfínteres de la memoria
y compro un lapicero
de novecientos pesos
para que el poema no se escape.
Teatro popular
comandante Camilo Torres.
Barrio Santa Teresa.
En todas partes,
la lenta y segura sacralización.
En la cafetería
se deshoja el árbol del bien y del mal.
Entre la algarabía
nadie se percata
de los leves ritos de los cardenales.
Sobre la plataforma
ocurre una estampida
para el cambio de estación y trenes.
Nadie quiere esperar,
sólo las jovencitas, ellas sólo.
En la parada inicial
hay una leve pugna por los asientos vacíos.
Para muchos
de seguro será
el único postre del día.
Se parece tanto
a mi compañera de otros tiempos;
sin embargo,
podría haber sido mi hija.
No hablamos de lo mismo.
Leo y vuelvo a leer
el esquema de la presentación.
Una inquietud enciende
enormes tizones
que se avivan sorpresivamente.
Subo por la escalera.
Con dificultad me abro paso
contra la corriente de jóvenes
que bajan afanados
para no llegar tarde a clase.
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