|
Estos muebles,
de nadie y de cualquiera.
Estos lechos transitorios,
en los que cientos han dormido
un sueño prestado y transeúnte.
Los alcatraces suspenden
su campanario de plumas
sobre el mar Caribe.
Con un precario pico
controlan el timón de las aguas.
Conchas de nácar, cremas,
cerveza fría, agua dulce, gaseosas,
collares de chaquiras,
pulseras de coral y playas blancas.
En el fondo, la pobreza.
Se adueñaron del aire.
Las tijeretas trazan en la altura
contornos de ceniza
que a veces respiramos
y enredan nuestra noción del vuelo.
Bajo el sol inclemente
entiendo su hegemonía, su poder.
Siento que los años han pasado.
Pero el sol también envejece,
tan lento, que me sonroja.
¿A dónde nos lleva la ola del presente?
¿A Galapa? ¿A El Cairo?
No hay certeza.
Y cuando alguien se desmonta,
¿cae al fondo del océano del tiempo?
La fragata sube las escaleras de las nubes
y bosqueja tres palmeras
sobre una playa
de coral molido
que parece sudor de mármol.
Debajo del cocotero
se oye el golpe de un tambor solitario.
Su llamado parece
el toque de un fantasma
en la puerta de una casa vacía.
Al nadar en el mar,
por fuerza,
un sabor salado se toma mi boca.
Este sabor y sus cristales remotos,
¿algo más que un recuerdo?
Las ráfagas que resbalan de la Sierra
traen una promesa de aire fresco
a la ciudad calcinada.
Algo tremendamente lunar
asoma en los trupillos.
Cuando atravesé la puerta
cargando la bolsa de víveres,
me crucé con una hormiga
que llevaba una miga de pan;
por poco la aplasto.
¿Qué tan vasta es la Tierra?
¿Cuáles son los límites
de su caneca gigante?
¿Hacia dónde viran
los enormes piñones de los basureros?
El almendro teje
grandes circunferencias verdemar,
quiere ser hongo,
sombrero de playa,
gusano de anillos esmeralda.
Si don Quijote viera estas palmeras,
las confundiría
con molinos de viento.
Sinrazón razonable.
La brisa muele en ellas una sal distante.
Los racimos de coco
sugieren las numerosas posibilidades
que alberga el día:
cómo se deben guardar
la transparencia y la espera.
El mar es un licor fuerte
servido en un recipiente esférico,
a la espera
de unos labios mayores
que lo sorban.
Esta fuerza esencial
que me ata al suelo, no cesa de trazar
segmentos de circunferencia.
Su poder sobre las aguas
se resume en el plenilunio del coco.
Como el yogur
que aguarda en la penumbra
de las neveras del supermercado,
en algún lado,
la fecha de vencimiento.
Desde una playa solitaria
veo cómo el verde expira.
La Tierra,
como una alcachofa gigante,
se desgaja en pétalos radiales.
La moneda de oro
a las seis de la tarde, puntual,
se desploma y se disuelve
en el océano
como un Alka-Seltzer de fuego.
|