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El tropel de la palabra

 

 

Juan Calzadilla:
y si el aplauso fuera
la forma como el público
le dice al poeta:
—clap, cállate, clap, cállate, clap, cállate...

Los niños juegan
a las fichas de ajedrez
sobre las cuadrículas del piso.
Aguacero de sonidos
sobre el parqué salpicado de silencios.

Dos ancianos
cruzan la plazuela
bañados por las bombillas;
se sientan y abren los oídos
como dos palmeras contra el viento.

La monja se sonríe;
aunque plenos de asuntos terrenales
los versos la emocionan.
Su corazón se abrió
a más altos amores, y felices.

Parecía la señora de los tintos
o la vendedora de lotería.
De pronto,
el aire del bengalí y la armonía
brotaron de sus labios.

El poeta es ligero de lágrimas.
No las puede contener
cuando lee la introducción
al poema para el niño
que nació en cautiverio.

Desde Santa Marta
la nieve envía un mensaje
a los hermanitos menores:
No me vuelvan a decir nieve,
sino güinavindúa.

Entre los poetas
también conviven los tontos.
Subir hasta las alturas a presumir
diciendo que detrás de las lucecitas
habitan los miserables.

Cinco mil kilómetros
y muchos sueños atrasados.
La explosión de aplausos
después del primer poema
lo tomó por sorpresa.

Un cono de volcán invertido
rodeado de cafeterías ruidosas
bajo la noche fresca.
La palabra da vueltas
en el eje del poema.

Por casualidad,
un niño entró a la carrera
en medio del recital.
Se detuvo y miró preguntando:
—¿A qué juegan? ¿Me dejan jugar?

Una pareja se besó frente al camarógrafo.
Ningún poema registró
ese beso que tanta envidia
y salivación inútil
ocasionó en el auditorio.

La mayor parte de la ciudad duerme.
Los sueños de los poetas y su público
se mezclan
en un monumental laberinto
de lugares comunes.

De músico, poeta y loco,
cada cual tiene su poco.

¿Será por eso que nadie
se levanta de las sillas
cuando finaliza la lectura?

El florero,
impulsado por la botella de agua,
rodó al embaldosado y se hizo trizas.
Acaso en solidaridad
con el micrófono defectuoso.

Una mujer le da el pecho
a un bebé
en medio de la multitud.
Eterna sensación de leche nodriza,
como si todos recordáramos.

El lactante succiona,
ciego, sordo.
Sólo el gusto por la bebida original.
Así también nosotros,
en las vibraciones de la palabra.

Si el poema narra
un sufrimiento en la lejana África,
¿por qué apenas puedo retenerla lágrima
que dentro de mí se templa?

El conductor del taxi se detiene.
Como si empleara una red
nos ha pescado
y nos pregunta:
—¿Todos para el mismo sitio?

Las muchachas de piel saludable
llevan la semilla de la ruina dentro
y escuchan un eco
que les habla
de los inicios del amor.

Los cantos pilan
las últimas capas de la vanidad
y va quedando
un tallo persistente
sobre el que la palabra refulge.

Todos los poemas dicen lo mismo,
a pesar de tanto
decorado verbal:
Ya estamos pasando…
Ya vamos pasando…

El poeta ciego
se balancea mecido por el viento
de los vocablos,
bañado en los reflejos
de nuestros ojos encendidos.

Con sus mejores galas
y maquilladas para un viaje
a países lejanos.
Tal vez los poemas les consigan
el tiquete de un sólo trayecto.

La charla animada
de los colegiales
produce un murmullo
que va en aumento.
¡Qué forma de abarrotar el silencio!

Al bajar las escaleras
y dejar el recinto cerrado
quedó la sensación
de haber profanado un templo,
de abandonar el poema a su suerte.

Aún perdura el tropel de la palabra.
Como el derrumbe de anillos
tras la rana
que saltó
en el estanque antiguo.

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