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La estación del poema
Fue Keats quien dijo que la poesía debe nacer espontánea, como las hojas de un árbol. Sería bueno decir, aunque algunos poetas quieran guardar el secreto, que muchos poemas no se escriben espontáneamente, aunque la chispa o el fulgor, la primera imagen, la música -dirán algunos-, sí lo sea. Pero aun sabiendo esto, todo poeta atento sabe que los poemas sí deben parecer espontáneos, pues hacen parte de la magia o del temblor que acogen los versos. Quizá se pueda interpretar desde este punto de vista el citado verso de Pessoa “el poeta es un fingidor”, y acaso no sea una falsedad llamarlo el fingidor de la espontaneidad.

El autor de este libro, Armando Ibarra Racines, conoce esto. Sus versos, sin saber si corregidos muchas veces o hechos espontáneamente, se leen como escritos sin esfuerzo, lo que es, desde luego, un triunfo personal para el poeta y una emoción para el lector. Desde los primeros versos del primer poema, de los diez que componen el libro, las palabras fluyen, llevando la lectura por las cosas que al poeta le son más queridas o inevitables:
 
Juan Calzadilla:
y si el aplauso fuera
la forma como el público
le dice al poeta:
-clap, cállate, clap, cállate, clap, cállate…

 
En estos primeros versos se aclaran, además de esto, otros detalles del libro: el tono de canción, el juego, un cierto ritmo narrativo y la escritura llena de voces que acompañan al poeta. Además, al avanzar en la lectura se sabe que cada poema no tiene un tema específico. Se sabe que hay un lugar de partida que sirve como excusa para traer hasta los versos fragmentos que pueden ser de conversaciones oídas, de sueños, de momentos que la memoria retiene o de lecturas. Por esto, será mejor hablar de atmósferas y no de asuntos, si se quiere ser fiel a la naturaleza del libro. Acaso “El tropel de la palabra” no hable de ésta, sino de leer, de dialogar entre amigos, de abrir libros y cerrarlos, de reunirse para escuchar poemas.

Una de las grandezas de la poesía es que no exista una única manera de “hacerla” sino alientos, y que cada poeta pueda enseñarnos la sinceridad del suyo. No quiere decir esta sinceridad automatismo, pues cada poeta –aun el más sincero- toma decisiones frente a las cosas a decir y frente a las formas, aunque a veces éstas sean imposiciones. En este libro se puede saber que el poeta dejó que sus versos se estructuraran en estrofas de cinco versos. Se puede saber que los objetos comunes y ordinarios entran en ellos con insistencia, y conviven de manera natural con los elementos usualmente más poéticos. De ahí que pueda decir, para hablar de la decadencia del sol al final del día, las siguientes palabras, uniendo la asistida metáfora “moneda de oro” con otra más personal:
 
La moneda de oro
a las seis de la tarde, puntual,
se desploma y se disuelve
en el océano
como un
Alka-Seltzer de fuego.
 
Dice Walcott que “el destino de la poesía es enamorarse del mundo a pesar de la historia.” De esta declaración se puede concluir que todo poeta (mayor, menor, anónimo, clásico, moderno) está llamado a hablar de  su mundo como si fuera la primera vez que se nombra, de la manera que lo sienta y le sea posible. El poeta de este libro nos enseña su mundo como la misteriosa poesía le permite hacerlo. Al leer, la manera en que los poemas se tejen recuerda no la constancia del movimiento del video sino la imprevisible constancia del álbum fotográfico. Parece que su mano está sólo dispuesta a recoger imágenes e instantes para decir así su entorno: fragmentario, poblado de árboles, de amigos, de asuntos domésticos, de taxis, de estaciones de metro, poblado de muerte y naturaleza.

El conjunto, titulado, como algunos lectores advertirán de entrada, con el nombre de una de las paradas comunes e inevitables del metro de Medellín, tiene el poema con la atmósfera del amor (“Soterrada flor”), con la atmósfera social (“Las costureras de la muerte”), con la atmósfera de la contemplación de la naturaleza (“Mangazul”). Así mismo, el conjunto tiene el poema donde el aire es el lenguaje (“Tropel de la palabra”), tiene el poema donde el homenaje es el ritmo (“El profe no vuelve”), y tiene el inevitable, al parecer, para un poeta de hoy: el poema con el aliento de “Ars poetica”, donde se puede leer una confesión:
 
A veces me siento derrotado
porque no he escrito el poema
que algún otro llame inmortal;
sin embargo, ahora escribo
estas líneas que nutren la muerte.  
 

Sabe Armando Ibarra (doy fe de ello) que hacer El Poema, en mayúscula, no depende de él. Ser buen o mal poeta lo excede. El poeta “hace”, intenta, y en este preciso instante cientos de poetas, excelentes y regulares, estarán intentando El poema. Sabe el poeta (también lo sé de sus labios) que más allá de esto la poesía nos da la libertad de seguir intentando, y que seguir intentando siempre es fracasar, aunque unos fracasen de buena manera (“fracasar mejor”, en palabras de Beckett) y otros con menos fortuna. Pero los poetas seguirán intentando, para decir, como escribe el poeta de este libro:
 
El poema estaba ahí afuera
temblando de asombro.
Sus alas
me levantaban
y me llevaban al plateau del existir.

 
                                                                                  Juan Fernando Gutiérrez

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